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jueves, 26 de junio de 2025

Canción del ocaso - Lewis Grassic Gibbon

Tengo en casa varios libros de la editorial Trotalibros, todos ellos sin leer, todos ellos con una pinta muy apetecible (entre ellos el codiciado y agotado/descatalogado La guardia, de Nikos Kavadias). Y sin embargo, me estreno con la editorial con el que menos me llamaba la atención y que salió en uno de mis "le pido al azar que elija mi próxima lectura de entre los (demasiados) libros que tengo pendientes". 

Así que pereza inicial que pronto se transformó en un interés creciente y, a medida que avanzaba en la lectura, en un gran respeto y una curita de humildad para esta vuestra lectora que a veces cree que está de vuelta de todo y resulta que todavía un señor escocés azaroso desconocido en este país puede ponerle un puntito en la boca. ¡Qué gusto! Canción del ocaso es la historia de un pueblo (qué digo pueblo, aldea como mucho) escocés, dedicado a la agricultura, desde los ojos de una joven, Chris Guthrie, que va haciéndose adulta en los inicios del siglo XX, evidentemente un momento de profundos cambios, grandes acontecimientos e implacables emociones, sobre todo para una muchacha en plena educación sentimental.

Y tú me dirás ¿me interesa a mí la historia de un pueblo escocés, dedicado... etcétera? Pues sí porque realmente esto es la historia de Escocia, que el autor quería reflejar de verdad, apartándose de las maneras míticas con que se ha literaturizado el país, pero también de tópicos arcádicos y bucólico-pastoriles o de dicotomías de granjeros burdos contra ingleses refinados. Lo que aquí se refleja con minucioso detalle es un lugar inexistente, que recuerda a un Innisfree o un Brigadoon, que es todos los lugares; unos personajes que son todas las personas. Y a quién no le va a gustar un relato universal, oye, para eso estamos aquí. Ya se nota desde esa introducción en la que una voz dijéramos en off describe la historia de Kinraddie desde su fundación y las familias que actualmente ocupan sus hogares.

Chris pensó en lo extraña que era la tristeza de las canciones escocesas, hechas para la tristeza de la tierra y el cielo en las oscuras tardes de otoño, para el llanto de los hombres y las mujeres de la tierra que habían visto cómo sus vidas y amores iban desapareciendo con el paso de los años, para todo lo llorado al lado de los mataderos y recordado de noche y en el ocaso. La alegría y la bondad pasaban, se vivían y olvidaban, y era la Escocia de la niebla, la lluvia y el mar lloroso la que hacía las canciones...

Conecta esto con la voz narrativa de la obra, muy particular y desde luego parte crucial de lo estimulante que resulta. Grassic Gibbon presenta una escritura lírica, algo engolada en muchas ocasiones, rimbombante y, por qué no decirlo, ciertamente cursi. Dedica especial atención al paisaje, al sonido de los pájaros, a la lluvia, al olor de la madreselva. Hay pasajes bellísimos constantemente, es un goce leerlo. Lo cursi no le quita en absoluto lo valioso, casa muy bien con ese mundo al borde de terminar al que nos asomamos en sus páginas. Y sin embargo, esa voz narrativa que nos desvela la historia es también muy divertida, desenfadada; aquí y allá arroja frases hechas, comentarios criticones sobre algún personaje, observaciones que te hacen sospechar que ese narrador omnisciente que tan bien conoce la vida interior de Chris podría ser en realidad un vecino de Kinraddie que se está marcando un gossip girl.

Así pues, quedé muy sorprendida con esa forma de contar las cosas, claramente marcada por el espíritu de la época, sosegado, con tiempo para la descripción, con el toque romántico de vincular el paisaje con las emociones (en los malos tiempos llueve demasiado, o hay sequía), pero también con otras decisiones formales que son muy de mi agrado. Destaco un par, en primer lugar cada capítulo (hay cuatro, muy largos) tiene una estructura circular muy curiosa: arranca con Chris en un lugar de Kinraddie, y que podría decirse que es una especie de isla desierta de la calma para ella en el pueblo, y a partir de aquí se abre toda una narración hacia el pasado, desde el fin del anterior capítulo, y hasta este momento de inicio. La historia adquiere así un tono de recuerdo, nostálgico y teñido de amargura muchas veces, y me parece un marco estupendo para la narración. Por otra parte, los (pocos) diálogos que hay en la obra están integrados dentro de los párrafos del narrador, en cursiva. Como ya sabéis en esta casa somos firmes defensoras de que los diálogos deben ponerse de la manera más integrada y más compleja de entender para el lector despistado posible, así que esto evidentemente causó sensación (si bien me parece que las cursivas podrían sobrar, ¡por ponerme pejiguera!).

Mencionar respecto a la trama que si bien por alguna razón yo me esperaba a un montón de pelirrojos en faldas escocesas bramando y peleando, la historia no puede ser más "entorno rural en declive y las pequeñas vidas que allí se desarrollan". Es, por supuesto y por tanto, una historia triste, nada dramático ni pornografía emocional, por supuesto, sino sencillamente una historia triste contada desde el buen gusto, desde la melancolía más que desde el drama. Para mi gente más cinéfila, hay una película dirigida por el bueno de Terence Davies, del cual yo solo he tenido el gusto de ver la excelente Distant Voices, Still Lives. Esto no tiene por qué ser indicativo de nada pero me encaja porque esa película es absolutamente devastadora y un retrato formidable de una familia de clase obrera en Liverpool también marcado por la nostalgia y el dolor (aprovecho para recomendárosla). Respecto a esta, dura sus buenos 135 minutos, ya veremos.

Y cierro como no podía ser de otra manera encomiando la excelente labor de la editorial Trotalibros porque cuando llegué a casa de mis padres en un evento familiar con Canción del ocaso en la mano, nadie podía parar de hablar de lo bonita y elegante que era la edición. No me gusta especialmente la fuente elegida, cuestión de preferencias, pero el resto me tiene fascinada, hay que ver el buen gusto con que editan. La colección (¡esto es lo importante!) también me parece formidable y tengo muchas ganas de leer los que tengo e ir adquiriendo los demás (pronto me haré con la segunda parte de esta trilogía, Valle de nubes); para mí en cuanto a estilo e interés de la selección, está a la altura de Alba. Honestamente, me parece que cuestan poco para lo que son.

viernes, 30 de mayo de 2025

Sopa de miso - Ryū Murakami

[Ignoremos que han pasado meses desde el último texto. Tuve un pequeño fling con Instagram, pero realmente odio ese lugar, así que vuelvo; pero estoy opositando, así que nunca encuentro el momento para ponerme a redactar algo con media enjundia.]

Hace dos meses que leí Sopa de miso y desde entonces no puedo parar de pensar en él. A veces se me olvida con tanto gusto por la pompa y el barroquismo y los rollos larguísimos que pocas cosas hay mejores que un tipo muy inspirado al que se le ocurre la idea más loca de la historia. Pero lo cierto es que Sopa de miso (o, como le decimos en mi casa, En la sopa de miso) es una novela espectacular que elude completamente todas las cosas estilísticas que normalmente me apasionan. Es tan sencilla a nivel formal que casi parece a veces una redacción de un chaval, y tiene sentido porque es (diegéticamente) la redacción o la declaración de un chaval. Que cuenta las cosas cuando y como se le van ocurriendo, con las reflexiones que considera acertadas en cada momento y con la desconfianza, la lucidez y el escepticismo que se podría esperar en cada momento de la historia. Así, no hay estruendos formales, no hay ripio alguno, no hay fraseos rimbombantes..., no hay nada más que literatura pura. La sencillez bien hecha, ¿eh? Menuda cosa. Con la que hay que reconciliarse (hablo por mí). 

Bueno. De qué va esto. Pues como dice la sinopsis de la contra que me parece divertidísima por lo SORPRENDENTE: un muchacho japonés se dedica a guiar a turistas por Kabukichō, el barrio rojo de Tokio, y durante la novela le toca guiar a un estadounidense raro, muy raro, llamado Frank. ¡Además! ¡Hay un asesino en serie en las calles de la ciudad! ¡CHAN CHAN CHAN!

A ver, la trama es un alucine porque esto está escrito de una manera muy particular en la que Kenji, el muchacho japonés en cuestión, combina en su narración la paranoia y la desconfianza desde el primer momento en el que ve a Frank con reflexiones constantes, a veces evidentes, a veces desoladoras, sobre la sociedad japonesa, cómo ha chocado con Occidente, cómo Occidente ha entrado en ella, etc. Estas reflexiones son muy curiosas por la manera en la que las introduce, para nada sutil, pero lo que más me gustó fue ese retrato de la angustia que supone la relación con Frank. Es un tío muy raro que hace cosas raras y cada vez que Kenji le pilla en una es tan vívido el retrato que es imposible no sentir una incomodidad y una angustia increíbles. Luego llega el Momento, claro. El Momento es una cosa que pasa en este libro en la que de pronto pasa algo, que se describe con todo lujo de detalles, algo grotesco, algo tremendo, y de pronto tú ya no puedes parar de leer en lo que queda de libro. No es uno de esos infames plot twist que tanto le gustan a la gente. No es que no se vea venir. Es simplemente alucinante. Y de ahí al final, la novela cambia el tono. Más seria, más terrorífica y con un final increíble.

Realmente lo que yoir. quería decir más allá de todo esto es que Sopa de miso es, en mi opinión, una revisión del Fausto. No entro en detalles pero evidentemente el demonio ahora quiere conocer Tokio, la nueva Roma, y allá va. Puede que sea por haber leído el mismo Fausto y El maestro y Margarita en estos últimos meses, que sí, vale, ahora veo a Fausto por todas partes, pero es un mix muy interesante de los dos textos. Kenji es la criatura a corromper, Frank es nuestro Mefistófeles y el barrio rojo de Tokio, con todas sus luces y sombras, un Moscú contemporáneo: definitivamente ateo, definitivamente perdido y un lugar perfecto para esconder el mal.

Ah, y, por supuesto: para mí, conexión más que evidente con el cine de Kiyoshi Kurosawa. Esto en casa me han dicho ¡PERO QUÉ DICES!, pero lo veo clarísimo, con esos estallidos repentinos de violencia, ese sentir que se acaba todo, esa representación del Mal. 

¡Ay, hicimos famoso al Murakami equivocado!

jueves, 26 de diciembre de 2024

El cielo de la selva - Elaine Vilar Madruga

Este libro me entró por los ojos por su feísima edición (perdón) que, sin comprender yo el porqué, tiene la cubierta más chabacana del mundo y además una tipografía rarísima alla Century Gothic y ESPERA QUE HAY MÁS un espacio entre párrafos absolutamente delirante. Una línea vacía, como si terminase un epígrafe. En fin, decisiones de estilo, desde luego la editorial Lava tiene carisma, aunque para las que somos de la escuelita "me compro la edición de Alianza que tiene el canto blanco y puro" sorprende absolutamente (disclaimer: esto es una impresión personal y además está escrito en tono de broma, no se me enfaden).

Esta es la historia de unas mujeres que viven en una hacienda en la selva y que para mantener su vida allí deben entregar en sacrificio a esta misma selva niños, para que los devore. No me digáis que no es una premisa ultrasugerente; y da lo que promete, porque en lo que a trama respecta tiene esta historia oscura, terrorífica y terrible de niños muertos, de madres que entregan a sus hijos y que por tanto no los reconocen como hijos, solo como la comida de la selva; de gente que tiene las manos manchadas de sangre y que con ello tiene que vivir. En El cielo de la selva cada capítulo está narrado por, o desde, un personaje, o varios, y poco a poco vamos conociendo toda una serie de historias devastadoras de feminidades diferentes, de mujeres de edades y formas de ser muy distintas. La madre, la puta, la carne. Y así. Comparte muchos elementos estéticos y sobre todo preocupaciones con el resto de autoras del nuevo boom de las damas oscuras de Latinoamérica (no me mola a mí mucho este título, pero bueno), como la violencia contra la mujer y la imposibilidad de habitar en las ciudades, destruidas por la guerra y el narco, pero tiene mucha personalidad, durante la lectura no encuentra una tantas similitudes, sobre todo en cuanto a estilo se  refiere. Digamos que el tropo "sectario", por llamarlo de alguna manera, lo separa mucho de otras obras y lo reviste de mucha personalidad. 

Vilar Madruga tiene un estilo muy estimulante, muy visual, hay aquí algunas descripciones que ponen los pelos de punta y que lo convierten desde luego en una novela de terror más terrorífica que muchas otras que yo he leído. Sobre todo es gracias a estas descripciones de la selva y su lengua y la selva que lame y la bruma que sobetea a la gente y la selva que amanece roja y a una leyendo le da la sensación de que de pronto alrededor se va a poner la cosa roja y alguien se la va a comer. Además de esto, tenemos capítulos escritos en segunda persona, capítulos corales, todos los personajes contando cada parte de su historia de una manera muy diferente entre sí. Las voces son diferentes, pero sobre todo varía la aproximación que se toma, más testimonial (a veces los que van en primera persona demasiado testimoniales, como si el personaje se estuviera confesando) o más lírica, con mayor o menor comprensión de lo que está pasando, con mayor pureza o mayor crueldad. Esto hace que la lectura, cuyo estilo más tirando hacia la densidad podría convertir en algo monótono (estas descripciones tan vívidas pierden parte de su sorpresa según avanzamos), sea dinámica, enganche a morir y continúe llena de intriga más tiempo.

No se aclara muy bien en qué momento pasan algunas cosas, si pasan de verdad o no, como si estuviéramos leyendo dentro del embrujo de la propia selva, y esta manera tan desdibujada, tan poco mimética de contar, le sienta como un guante. Es extraña, es onírica, es real maravillosa al más puro estilo Carpentier, y utiliza estupendamente esa divinidad monstruosa que hay en la selva o que es la selva, pero también, claro, la maldad profunda que puede haber en los seres humanos. Vuelvo otra vez al tropo de la secta, porque ciertamente me parece que tiene sentido verlo así: esta pequeña sociedad que solo sobrevive por la crueldad, por la fe en un dios que no debería tener adeptos, marcada por la culpa, por la locura y por el odio, pero también a veces por el amor.

Desde su árbol, Copita movió la mandíbula hacia arriba y hacia abajo, una vez y otra, muchas veces. Las muertas craquearon sus huesitos, los huesitos que les quedaban en el cuerpo. Una risa de mandíbulas secas, un nuevo tipo de risa sin carcajadas, porque las muertas, lo supiste entonces, se reían así, a hueso limpio.

No es una novela perfecta. A mi modo de ver, el clímax está algo diluido en un tercer acto que puede que sea algo más largo de lo que debiera, y como decía más arriba el trabajo estilístico no tiene, digamos, tanta garra para ser impresionante durante toda la lectura. Sin embargo me parece una obra muy atrevida, por su filiación al terror en una presentación mucho más física que los fantasmas que están tan de moda ahora mismo, y por su densidad formal, muy acorde con la atmósfera que retrata pero poco habitual. Yo me quedo con la autora como un muy interesante descubrimiento; trataré de pillar La tiranía de las moscas (¿os acordáis de Panza de burro? Ya, yo tampoco) y estaré atenta a lo que vaya sacando.

viernes, 20 de diciembre de 2024

La montaña mágica - Thomas Mann

Hola, buenas, qué tal, soy de la Escuela Manniaca, ¿está usted interesada en escuchar la palabra de Thomas Mann? Señora, no me cierre la puerta, por favor, espere.

Durante el mes de noviembre tuve la inmensa suerte, para desgracia de todas las personas que me rodean, de leer La montaña mágica por primera vez en mi vida. Me arranqué a causa de una lectura conjunta cuyas directrices me pasé después por el forro porque honestamente estaba demasiado enganchada. Amigos de la red, si queréis organizar la lectura conjunta de una novela de las características de este mamotreto simplemente NO pautéis cien ridículas páginas a la semana. Aquí hemos venido a trabajar. Si lees La montaña mágica te dedicas en cuerpo y alma a leer La montaña mágica y te obsesionas con ella y sueñas con ella y tienes conversaciones como esta:

—¡Madre mía, cómo pasa el tiempo, ya mismo tengo los exámenes!
—Curioso que menciones este tema, porque en La montaña mágica se habla de esto mismo...
*golpe seco*

En fin. Ya lo cogéis. Esta fantástica (coge aire) bildungsroman para acabar con todas las (coge aire) bildungsroman te agarra por el cuello de la camisa en la nota del autor con la que empieza para no soltarte hasta que llegas al FINIS OPERIS de, en el caso de la edición de Debolsillo, la página 1047. Con letrita minúscula y márgenes ídem, ¡1047 páginas! Por supuesto que es tan buena, tan hermosa, tan cargadísima de todas las reflexiones y de todas las emociones del mundo; por supuesto que es divertidísima, terrorífica y triste a la vez; por supuesto que los personajes son deliciosos e hipnotizan al lector como hipnotizan a Hans Castorp, ingeniero; por supuesto, por supuesto: por supuesto que La montaña mágica es una de las obras cumbres del siglo XX europeo. Sería la mejor si no existiera el Ulises, supongo. Pero aun existiendo el Ulises, es tan absolutamente formidable que casi se te olvida Joyce.  

La contaremos [esta historia] en detalle, exacta y minuciosamente, pues ¿cuándo ha dependido lo amena o larga que se nos hiciera una historia del tiempo que requiere contarla? Al contrario, sin temor al reproche de haber sido meticulosos en exceso, nos inclinamos a pensar que sólo es verdaderamente ameno lo que ha sido narrado con absoluta meticulosidad.

La montaña mágica es un juego con el tiempo narrativo y el tiempo real, ambos relativos, ambos moldeables a placer: a veces en un párrafo han pasado dos meses, a veces un capítulo de cien páginas narra el paso de un año. A veces nos detenemos durante cincuenta páginas en una enfermiza batalla dialéctica entre Naphta y Settembrini en la que cada uno defiende con desprecio algo durante unas líneas para de pronto defender lo contrario en las siguientes, o al menos eso podríamos jurar. El tiempo pasa, el narrador se dirige a nosotros, nos manipula, nos moldea, y lo mismo hace el aire de la montaña con Hans Castorp, quien se encuentra en una suerte de limbo, fuera de la vida, lejos de la ciudad, lejos de Europa y de la sombra de la guerra, en una especie de stand by eterno de descanso y ocio. Despreocupado, bajo el ala de Settembrini y de su primo, comienza su aprendizaje humanista, humano y romántico, y se convierte poco a poco en uno de los personajes más entrañables que una ha leído. Guardaré siempre en mi corazón a este muchachillo un poco bobo y alocado al que le cuelan cualquier patraña y que siempre tiene que decir algo, en toda ocasión, incluso cuando estaría mejor callado. 

Dejamos caer el telón por penúltima vez. No obstante, mientras baja con suave rumor, acompañamos mentalmente a Hans Castorp, que ahora se ha quedado solo en su alta montaña, e imaginamos la escena en un húmedo cementerio del mundo de allá abajo, de allá lejos, donde, por un instante, se enciende y vuelve a apagarse el resplandor de una espada, se escuchan voces de mano y tres salvas, tres románticas salvas de honor retumban sobre el sepulcro, abrazado por la maleza, de...

¡Y qué bellísima escritura! El capítulo "Nieve" tiene una de las más bellas descripciones del invierno que pueden leerse, pero es solo un ejemplo de todo el despliegue estilístico de la novela, en la que Mann, además de jugar con la estructura, juega con una miríada de escenas hermosísimas (como la de la cita anterior), contadas con tanto gusto como buen hacer. Algunos de estos elementos en los que no me voy a detener pero que me gustaría mencionar brevemente: la figura de madame Chauchat, su regalo a Hans Castorp y, en realidad, esa noche de Carnaval en la que todo se subvierte y todo es mágico y posible por unas horas; toda la relación con Mynheer Peeperkorn; las escenas oníricas, tanto la del lápiz como la escena mitológica-pastoril hacia el final de la novela; las visitas a los enfermos; los recuerdos de infancia... Tantas y tantas secuencias que aumentan esta densidad que al principio se hace aterradora y sin embargo durante la lectura se convierte en tan apetitosa, tan divertida y tierna de leer. 

No mentiré, al principio La montaña mágica me resultó difícil. Especialmente cuando me estaba ciñendo a las cien (más o menos) páginas semanales, no encontraba el punto. Sentía que Mann no me estaba dando nada a cambio de mi esfuerzo, no en el sentido de no disfrutar de la novela, sino de no tener alicientes estimulantes a la atención. Si estás lo suficientemente atenta al Ulises, de pronto entenderás que están hablando de sexo. Si estás lo suficientemente atenta a Pynchon, de pronto... bueno, vaya por dios, entenderás que están hablando de sexo. Pero aquí (que también se habla bastante de sexo, y de sexualidad) todo está formalmente menos escondido, los temas mucho más trascendentales, más expuestos. El tiempo, por supuesto, como algo transformador, pero también el espacio, la relatividad, la enfermedad, la humanidad, el arte; el mundo contenido en un sanatorio de la montaña alemana. Y sin embargo, hay un algo más sutil; más serio, tal vez, aunque también sea muy divertido, tiene un cierto tono paródico. No sabría definirlo pero el caso es que ahí está esa dificultad, que se desvaneció cuando retomé mi ritmo.

En fin. Aquí estamos en 2024 recomendando La montaña mágica. Es una de esas novelas que te hace pensar que no hace falta que se siga escribiendo, una de esas que apetece releer cada año para exprimir al máximo todo lo que ofrece. Grandísima obra, de verdad, emocionante a más no poder. Y me dejo muchas cosas (un día os hablo de por qué creo que es una novela de terror), pero esto ya es lo suficientemente largo teniendo en cuenta que nadie lo va a leer. 

¡Ahora quiero leer Los Buddenbrook!

martes, 17 de diciembre de 2024

Iluminada - Mary Karr

(Lit, 2009. Traducción de Regina López Muñoz)

Hace chorrocientos mil años y medio leí El club de los mentirosos, primer tomo de las memorias de Mary Karr coeditadas aquí en España por Errata naturae y Periférica, y me gustó la delirante e increíble narración de la infancia de la autora que me compré el segundo en un plis. Y hasta hace cosa de un par de semanas, fíjate tú qué cosa, no lo he leído. Un viaje en tren largo, quinientas páginas y mucho escepticismo. En Iluminada, saltamos a la época universitaria de Mary, básicamente una pueblerina de Texas que de pronto debe enfrentarse al mundo académico y laboral más elitista. Y de ahí en adelante, sus inicios como poeta, su matrimonio, su vida adulta y, como centro neurálgico de la obra, su adicción al alcohol y cómo esto afecta a todo lo demás.

Es curioso, nunca leo memorias, y sin embargo leí de seguido El secreto de la fuerza sobrehumana (una mujer hablando desde el humor de sus problemas de adicción) e Iluminada (una mujer hablando desde el humor de sus problemas de adicción). Son dos aproximaciones muy similares en temática pero que difieren completamente en forma así que no se me hizo repetitivo, pero desde luego es CURIOSO. No he encontrado en ninguna de las dos lo que sería el "ick" que me echaría para atrás de los libros de no ficción, el name dropping que le llaman en inglés, el constante recital de nombres de otros famosos para que el lector vea lo muy conectado que está el autor. Aquí Karr podría pecar de ello, porque mira si conoce a gente (¡no os digo quién fue su exnovio!), pero apenas hay apellidos y, aunque a veces se pueden establecer conexiones (se habla de una poeta, Louise, que es fácil de rastrear tras su Nobel), ella deja la exactitud para la sección de agradecimientos.

Bien, dicho esto, sigamos. Si en el de Bechdel las adicciones se manifestaban de varias maneras, sobre todo hablando de una personalidad obsesiva, aquí el tema central de la obra es el alcoholismo, bueno, los efectos de este sobre el día a día. En Iluminada, el alcohol está casi en cada página, en presencia y en ausencia, y se genera en ese sentido una vida muy dura, claro, con muchas escenas que parecen increíbles, como ocurría en El club de los mentirosos. Esta tía te dice casualmente que su madre la apuntó con una pistola cargada en un episodio. Pero además tiene un importantísimo componente temático sobre clase que es casi tan marcado como la adicción en sí. Mary necesita dinero, e incluso cuando se casa, digamos, "fuera de su clase", con un hombre riquísimo, continúan con el agua al cuello. Mary tiene que currar día y noche, y siempre tiene esa sensación de que hay una franja que la separa de los ricos e incluso de las personas acomodadas. La verdad es que he disfrutado de igual manera de sus reflexiones sobre la adicción, el placer que le produce el alcohol, la rehabilitación, etc, como de esas más intrínsecas al elitismo, las clases económicas, el lujo. 

Si bien esta temática no tendría por qué dar una obra excesivamente agradable (la gente con vidas cuquis no escribe memorias, ¿qué van a contar?), el principal componente estilístico del libro es que es una de las cosas más hilarantes que te puedes echar a la cara. No es divertida, es descacharrante. Mary (personaje) es una bruta, una chabacana que dice palabrotas, una borrachina que se queda sopa en bares; y Karr no se queda atrás y todo lo pone en el libro, sin dejar ningún escatológico rincón sin explorar de una manera agudísima y absurdamente divertida. Yo me carcajeé en el AVLO varias veces. Este humor constante viene acompañado de un excelente pulso narrativo, estas memorias se leen como una novela, y de toda una serie de pasajes sorprendentemente bellos que dejan entrever a la Karr poeta, a la Karr que domina el lenguaje y puede tener toques de un lirismo estilizado y brutal. También esta acompañado por pasajes más tristes, pero hay un grandísimo dominio del equilibrio entre comedia y tragedia. 

Warren se inclina sobre mí y veo que su cara también está húmeda, y sus ojos oceánicos me miran con asombrosa atención, y en ese intervalo en que cojo por primera vez a nuestro hijo, todo fajado, nos siento cosidos en el interior de un tapiz glorioso, respirando el mismo aire antiséptico, fresco como el de los pinos -nos circunscribe una extraña atmósfera-, la familia que tanto he añorado, el punto final al desarraigo perenne del que he huido como de la peste. Tanto Warren como yo nos dirigimos a Dev mediante gugus, besos y chasquidos.

Y luego, después de todo esto que os cuento, está el girito de guion de ¿por qué Iluminada se llama Iluminada? ¡Pues porque se trata en realidad de la historia de la conversión de Mary Karr al catolicismo! Disfruté mucho de toda la lectura, pero la parte que habla de la rehabilitación y su correspondiente encuentro con la divinidad me resultó muy hermosa y reveladora. Continúa con el tono jocoso, pero tiene este componente tan espiritual que implica la conversión de un escéptico. No soy creyente pero siempre disfruto con este tipo de textos (pienso en El Reino de Carrère). Tampoco soy alcohólica ni adicta, pero disfruto enormemente con estas obras en las que una persona de verdad consigue que la adicción no sea el hilo conductor de su vida (¡sobre todo cuando la cosa marcha bien!). Y en este sentido la parte final es muy luminosa, muy tranquilizadora, así que puedo dormir tranquila.

En suma, una gran lectura, ante la que iba escéptica: bien sé que la yo actual y la yo de hace seis u ocho años, no conectamos demasiado en gustos, pero siempre es un placer descubrir voces narrativas actuales con las que conectas. ¡Para que luego digan que solo me gustan los autores muertos! Ya tengo, por cierto, La flor, cuya lectura espero no dilatar tanto en el tiempo.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Muerte súbita - Álvaro Enrigue

A raíz del Nobel a Han Kang, pregunté online por autores españoles o hispanoparlantes en general que pudieran optar a este premio o que tal vez aún no, pero apuntan maneras. No salieron muchos nombres pero sí Enrigue, cuya novela ganadora del Herralde (esta) había estado ya ojeando en la biblioteca unos días antes. ¿Fue esto una señal? Así fue considerado, así que: fui, cogí, leí. 

Muerte súbita es la historia del duelo a tenis entre Caravaggio y Quevedo que podría haber tenido lugar en Roma. Pero también es la historia de la conquista de México por Hernán Cortes y de los ires y venires de una serie de personajes en la vieja Europa y la nueva España, mientras avanza el partido y los artistas van sumando puntos. Tenez!

Vaya libro, colegas. No parece una novela, no parece un libro de no ficción, no parece nada. Es un artefacto raro, con una premisa rocambolesca y (no me digáis que no) divertidísima. Enrigue propone un juego en el que se van alternando puntos de tenis, trama, comentario artístico e histórico, e incluso fragmentos de enciclopedias sobre el deporte de pelota. Esta aproximación de corte histórico que toma una serie de datos de la realidad sin dejar muy claro en ningún momento cuánto es cierto, cuánto no y a partir de qué punto comienza la ficción (a veces las cosas que se dicen son absolutamente increíbles, como la historia de las pelotas de Ana Bolena que, sin embargo, ¡parece que es cierta!) parece conectar un poco con la muy gustosa Un verdor terrible, pero las similitudes terminan ahí. Si algo caracteriza la novela de Enrigue es lo divertida y estimulante que es, en todos los sentidos. Esta idea tan juguetona de la que parte, desdibujar a los personajes históricos para darles un nuevo color, se va desplegando como un tapiz complejísimo pero fácil, amenísimo y, de nuevo, tan divertido de leer. No ya porque sea divertido en sí (se podría argüir que no lo es tanto, pero yo soy famosa en mi casa por convertir todo en una novela de terror o de risa) sino por lo ocurrente, por cómo elabora esta constelación de historias sin necesidad de entrelazar nada con nada. Sin tener nada que ver formalmente, es un poco la idea del Mason y Dixon de Pynchon.

En un mundo lleno de novelas de corte clásico, de escritura sobria y elegante, a veces mimética (¿hemos vuelto al realismo formal?), Enrigue brilla no con virajes formales líricos sino con una escritura del vericueto, con precisión médica en la descripción de los puntos de tenis (¡ojo que a veces no está muy claro quién gana si no estás atenta!), pero con mutaciones propias de las capas que le entregan a Hernán Cortes en los capítulos alternos que van de todo lo demás. Así, la propia lectura se convierte en un juego, no hay nada supeditado a la trama porque no hay trama, hay tramas, hay hilos que conforman un inmenso tapiz del que solo se descubre aquí parte literalmente: el resto queda en los silencios y en los huecos, para que el lector si quiere complete. Entonces tenemos por ejemplo toda esta historia, contada a saltos, del tenis, cómo comienza siendo percibido como una lucha entre ángeles y demonios, con las pelotas como almas, y su evolución posterior; o tenemos también la conquista de Tenochtitlán y la caída del imperio Mexica; y la Contrarreforma y el fin del Renacimiento. Un buen montón de personajes, un buen montón de historias, y cada uno que las asocie como quiera.

No sé, mientras lo escribo, sobre qué es este libro. Qué cuenta. No es exactamente sobre un partido de tenis. Tampoco es un libro sobre la lenta y misteriosa integración de América a lo que llamamos con desorientación obscena «el mundo occidental» −para los americanos, Europa es Oriente. Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro, tal vez todos los libros se traten sólo de eso. Un libro con vaivenes, como un juego de tenis.

En suma, una novela, bueno, o lo que sea, sorprendente y poco habitual. Interesante, atrevida, experimental, con una estructura genial. Convierte la lectura en un juego y se atreve a dar puntadas sin hilo, a dejar pistas, a no forzar una trama, a no convertir todo en una lección ni en una historia. Volveré a leer a Enrigue y estoy muy de acuerdo en que, si toda su obra es así, podría llegar a ganar un muy digno Nobel para la literatura mexicana. Tiene ese no sé qué diferente que caracteriza (o debería caracterizar) a los premiados.

(De la edición no tengo nada que decir. Alguna erratilla pero todo muy Anagrama, con sus aberrantes contracubiertas y su estilo interior habitual.)

lunes, 2 de diciembre de 2024

El secreto de la fuerza sobrehumana - Alison Bechdel

No suelo leer cómic (disclaimer: usaré indistintamente cómic y novela gráfica en este blog) pero en general los que se hacen tan famosos como para que los leamos quienes no tenemos prejuicio pero no acostumbramos a ello sí me suelen gustar. Se podría decir que he leído los "míticos" (Maus, las cositas de Alan Moore, algo de Paco Roca...) y, entre ellos, está Fun Home, de Alison Bechdel, que me fascinó durante mis años universitarios. 

El secreto de la fuerza sobrehumana es el tercer libro de memorias en formato gráfico de la autora estadounidense, famosa por las tiras cómicas Unas lesbianas de cuidado (y por el test de Bechdel, ¡tú imagínate haberte inventado eso!). En él, ahonda en su relación con el ejercicio físico, pero esto es tan solo una excusa para trazar un recorrido por toda su vida mientras, digamos, intenta encontrar su forma correcta de estar en el mundo. 

No es una buena sinopsis esta, lo sé, pero la temática de estas memorias se va tanto hacia la construcción de la identidad y toca tantísimos palos que es difícil narrar de qué habla. De qué no habla, más bien. Aquí hay meditación, budismo, adicciones (al trabajo, al alcohol), relaciones, padres y madres... un cocktail de todo lo que Bechdel ha hecho a lo largo de su vida y le configura como persona ahora mismo. Pero de lo que más hay es, digamos, una relación de todos los deportes que ha probado a lo largo de su vida (de manera saludable y no tanto) en persecución de... pues eso, de la identidad, de la fuerza sobrehumana, que al final es la lucha contra la muerte. En su momento Fun Home me dejó loquísima, es un texto brillante que sorprende por su sinceridad y por su minucioso análisis de las relaciones paternofiliales, así como la construcción de la identidad lésbica en los años jóvenes. Aquí toca también esos palos tangencialmente, sin repetirse para los que ya nos sabemos eso, pero va de la infancia a la actualidad, así que aparecen de nuevo, y de nuevo encontramos una tremenda lucidez y mucha sinceridad sin medias tintas. Bechdel mira dentro de sí y ofrece un gran análisis de sí misma, sin caer en condescendencias, pucheros ni otras historias.

El secreto de la fuerza sobrehumana parece a veces un Dónde está Wally en el que cuanto más escudriñas una viñeta más cositas encuentras. Los dibujos son sencillos, muy de su estilo, pero sí hay mucho trabajo y minuciosidad en los fondos, en los colores, y en las viñetas de página entera que lo convierten en un tomo para leer y observar con detenimiento. Es, además, una obra muy divertida, más que la otra, o al menos como la recuerdo, aunque hace años ya que la leí. Es cierto que tiene un tono serio en general, a ver, estamos hablando de adicciones y de la muerte, pero Bechdel no puede evitar ser una tía muy divertida, supongo. En cuanto se aleja un poco de los aspectos más graves de lo narrado, enseguida recurre al chascarrillo, no solo textual sino visual. Pero, en el lado más serio del asunto, no se queda atrás, y se disfruta especialmente de los finales de cada década, que parecen cuadros, y en eso que podría entenderse como un estudio de literatura comparada entre sus preocupaciones y las vidas de genios de antaño (entre ellos la trascendentalista fascinante Margaret Fuller.

En general es una lectura interesante con la que conecté mucho (puede que por estar en mi momento más runner), divertida, bien escrita y muy simpática, que no decepciona si a una le gusta el estilo de Bechdel. Puede que no tenga tanto calado como Fun Home pero sí abarca mucho más de lo que puede parecer a simple lectura. Pienso además que las novelas gráficas de esta autora son especialmente adecuadas para aquellos escépticos del formato. Tienen mucho texto que leer, reflexiones literarias y filosóficas a las que prestar atención y darle un par de vueltas, y muchas imágenes en las que fijarse a las que, sin embargo, el estilo desenfadado del dibujo convierte en una lectura amable. Bastante recomendable.

Nota a la edición: gran trabajo al traducir todos los microtextos de cada viñeta, y el tamaño, tipografía y entintado de la edición son estupendos. Pero al final, se traduce un if things go South como si las cosas se desplazan al sur (viene a ser un si todo sale mal). No me cabe en la cabeza cómo un traductor literario puede ver esa frase, realizar una traducción literal, ver que no tiene sentido y no darle ni media vuelta. Y así editores, correctores y demás involucrados. Las prisas, supongo.

lunes, 25 de noviembre de 2024

Buick 8. Un coche perverso - Stephen King

Yo creo que a estas alturas todo el mundo ha leído uno o dos libros de Stephen King, ¿no? Por lo menos la mitiquísima Carrie, o alguno más atrevido El resplandor o Salem's Lot, o incluso habrá algún chalado por ahí que fue capaz de aguantar la turra de la saga completa de La torre oscura. Y sin embargo, ¿creéis que habrá alguien que haya leído todas y cada una de sus obras (mierdones incluidos)? Yo he leído un buen puñado, buenos y malos, y mentiría si dijera que leerlo todo no es mi sueño, pero no tengo espacio en casa para meterlos todos. Si alguna vez vuelvo a leer en digital, quién sabe. Aunque tenga que aguantar la turra de la saga completa de La torre oscura (la última vez llegué hasta el cuarto, creo).

En fin, al turrón. En Buick 8, subtítulo Un coche perverso, título original (y mejor) From a Buick 8, un coche (un Buick 8), tras quedar abandonado en una gasolinera de Pensilvania, es llevado a la comisaría de los rangers, quienes lo dejan en un cobertizo. Hasta ahí todo casi normal, pero pronto se hace evidente que algo llama desde ese coche que no es un coche, y extraños fenómenos comienzan a sucederse en la comisaría. Radios estropeadas, eventos fantásticos, muertes. Etcétera. Años más tarde, el hijo de uno de los policías involucrados en la historia, ya fallecido, exige escucharla. Y aquí arranca todo.

Esta novela se estructura en dos tiempos, el ahora, en 2001 (por increíble que parezca el libro es de 2002, aunque grite ¡son los ochenta, tronco! por todas sus páginas), cuando los policías cuentan la historia, por turnos y según la importancia que tuviesen en cada episodio; y el pasado, desde el descubrimiento del coche en adelante. Esto es más viejo que el hilo negro, pero siempre funciona, y aquí es el caso, tiene un compás bastante bueno y una alternancia chula entre presente y pasado, a veces un capítulo tiene solo media página, otro termina sin punto final porque la frase del presente se pierde... En este sentido me resultó también interesante una de las narraciones del pasado que no cuenta lo ocurrido, sino lo que en una cámara se documentó de lo ocurrido. Así, se crea una especie de myse en abyme, donde la narración del testigo se convierte en una narración distinta, con menor precisión en, por ejemplo, quién dijo qué; o a veces la cámara gira, pierde la perspectiva adecuada y nos quedamos sin saber algo. Es una cosita pequeña, pero muy estimulante.

Respecto al estilo, como es habitual en King, pues ni bien ni mal. Mucha precisión en las descripciones de lo fantástico (luego voy con ello), unos diálogos algo alambicados y artificiosos que en la (pésima) traducción al español suenan como el doblaje malo de una peli de los ochenta pero muy buen pulso en general para narrar con meticulosidad las escenas más inquietantes del libro. Diría que "bien", seguro que mejor en el original, y que le pasa lo de siempre que es que temáticamente se ven mucho las costuras, un poco sobreexplicativo en los temas que quiere tocar, para que todo el mundo aprenda algo, no vaya a ser que el lector salga de aquí sin entender que esto va de la pérdida, la nostalgia, la obsesión, etcétera. Se resalta todo tanto que no queda nada por decir después. En ese sentido supongo que se asemejará más a los libros de los últimos años porque yo creo que antes era algo más sutil, pero me quedo con la parte del terror, que siempre la borda y que es mucho más divertida y gozosa de leer que todo lo demás.

Estaba sin moverse, como muerto... sin moverse, como muerto... y de repente se iluminó la cabina con un rojo violeta muy subido de bombilla. El volante desmesurado y el retrovisor destacaban con total claridad, como destacan los objetos en el horizonte durante una descarga de artillería. A pesar de que Ned seguía el consejo de cerrar un poco los ojos, contuvo un grito y se protegió la cara con una mano.

Respecto a esta aparición de lo fantástico, a mí me ha ganado. Esto va de un coche que dejan tirado en una gasolinera y que los policías tardan media milésima de segundo en darse cuenta de que no es un coche porque hay algo inusual en él (el volante es muy grande, los controles no van, el motor está mal). De ahí para delante comienza un espectáculo de luces (literalmente) y comienzan una serie de eventos que no me entretengo en narraros porque para eso está el libro. Pero si os gusta King y os gusta su imaginario más conectado con lo fantástico (pienso también en el Eso de It), pienso que os resultará muy estimulante esta figura-coche, cómo opera y las ideas que se presentan en el libro. Debo decir que es todo más sugerente que otra cosa, podría decirse que no pasa mucho, pero eso es parte del encanto; que no pasen muchas cosas, o no sean muy duraderas o sean menos terribles de lo que podrían ser deja mucho espacio a la imaginación, mucho silencio, mucho campo libre a la obsesión. Además, siempre es un placer ver que King recupera uno de sus temas clásicos: los coches son malos.

Mencionar también que tiene uno de los finales más tramposos que he leído o que recuerde; es cierto que no leo best-sellers ni literatura de este corte más masivo, pero me recordó a esto que hacen en las series de matar (o no) a alguien en un final de capítulo para que sigas viéndola (tampoco veo series y esa es una de las razones: no me manipules, crack). Lo entiendo como un intento de añadirle dramatismo a la historia del presente para que tenga más carga narrativa pero no funciona en absoluto. Menos mal que es solo "hacia" el final y no "al" final y luego se me olvidó para poder decir "está guapo el libro".

En conclusión: puede que sea café para los muy cafeteros, pero tiene el suficiente empaque y gracia, tanto en la estructura como en su parte más terrorífica, como para funcionar bastante bien. Es, supongo, el típico libro de King, más allá de sus grandes y archiconocidos títulos, pero si estás buscando un entretenimiento fino de susto, da bastante el pego. A mí me sacó tres buenas tardes agradables, que para ser un libro de Plaza y Janés...

Nota a la edición: terrorífica, horrible, del material del que están hechas las pesadillas. La traducción es pésima, se carga toda naturalidad, especialmente en los diálogos. Si alguien sabe lo que es "una puta merienda de negros" (sic), que me lo diga. Y además tenemos la que ha de ser la peor corrección de la historia. Estamos hablando de fallos nivel nombres equivocados de personajes (Sandy le dijo a Sandy...). Ningún respeto al lector, por supuesto. ¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a leer una novela de King en castellano...!

martes, 12 de noviembre de 2024

Mi corazón es una motosierra - Stephen Graham Jones

Perdón, mis fieles y abundantes lectoras, sé que llevo más de una semana sin escribir nada aquí, y cada vez con más retraso en los textos, pero es que he estado LIADA. Creo que voy a dejar de estarlo por lo menos por un mesecito en el que me podré reencontrar con mi bello y cautivador sofá y podré leer y holgazanear un poco más a menudo. He leído cosas chulas, eso sí. Esta no es una de ellas. 

Mi corazón es una motosierra cuenta la historia de Jade Williams, fanática absoluta de los slashers y senior en el instituto de Proofrock, Idaho, pueblo en mitad de la nada que hace años fue sede de una masacre digna del mejor giallo. Jade vive amargada pero, de pronto, un muerto. De pronto, otro. Y, por supuesto, ella, como buena cinéfila, sabe que se están abriendo las compuertas de un slasher. Así las cosas, solo queda un último asunto antes de que la fiesta comience: designar a la final girl de turno. Y después sentarse a contemplar el espectáculo.

Disclaimer, que a lo mejor el párrafo anterior os ha sonado a chino:

  • slasher: las pelis estas de los ochenta en las que un tipo enmascarado de ultratumba rebanaba cabezas adolescentes (ejemplo canónico Viernes 13)
  • giallo: más o menos lo mismo pero con (más) tetas y en italiano (ejemplo personal I corpi presentano tracce di violenza carnale)
  • final girl: la muchacha virgen y responsable que sobrevive a la carnicería tras un enfrentamiento en el que saca todas sus fuerzas a relucir (ejemplo MUY CANÓNICO Jamie Lee Curtis en Halloween)

Aclarado esto, debo decir que yo soy/he sido una gran fanática del slasher, por lo que cuando leí la sinopsis de la novela pensé, uy, esto PEC. Lo cierto es que por unos y otros motivos no me ha terminado de convencer. En general considero que esto es una idea interesante en teoría que en la práctica se convierte en un texto absolutamente fallido. Me parece interesante la decisión de colocar a Jade más como un personaje testigo que como algo con carácter más protagónico en la trama. Sí, está muy cerca de todos los acontecimientos, pero es fácil contemplar la novela como una suerte de reflexión sobre el género, tocando todos los palos que este suele tocar. La idea de la que parte también me gusta, no solo la trama en general, sino también hacia dónde va y cómo va avanzando la historia. Creo que si alguien me hubiera contado la historia en líneas generales, habría disfrutado mucho más, porque la trama pinta bien, el lugar en el que se desarrolla es muy interesante y también la serie de temas que se toca por encima (por ejemplo, los ricos que vienen a invadir el pueblo desde fuera).

Y ahora, demos comienzo a los peros. En primer lugar, me ha parecido una lectura muy irregular. Se hace demasiado larga, con unos primeros capítulos poco movidos y aburridos, pero es que a medida que la historia avanza y el componente slasher se acentúa, las descripciones se hacen profundamente caóticas, tanto que muchas veces cuesta comprender qué está ocurriendo en cada momento, lo que se hace más evidente hacia el final del libro. Y lo entiendo, en realidad. Es bastante complicado narrar, por ejemplo, un descuartizamiento. Lo que en el cine se ve como dos minutos de grotesca carnicería, en literatura puede convertirse, en manos inhábiles, en una sucesión de párrafos inconexos en los que el vocabulario es adecuado pero la transmisión falla. Esto quiere decir que cuando el libro se pone interesante, de pronto el narrador pierde seguridad y fuerza, los acontecimientos se atropellan y todo deja de tener gracia. Creo que funcionaría mejor con una lectura en diagonal, de verdad. Soy consciente de que es la primera parte de una trilogía, por lo que a nivel argumental es normal que queden hilos abiertos, pero mi problema es más estilístico (por cierto, por supuestísimo que yo me bajo aquí, ni trilogía ni nada).

Respecto a la voz narrativa, Graham Jones elige una muy apegada a su protagonista. Decir sobre esta dos cosas: una (subjetiva), no siendo yo una adolescente gótica, edgy y cínica sino todo lo contrario más bien, su verborrea me resultó absolutamente insoportable y dos (objetiva), nada de cuanto tiene que decir sobre el slasher es remotamente interesante, novedoso o rompedor. Ella es fanática, pero desde luego no es ninguna experta. Su insistencia con las final girls vírgenes tendrá su explicación en traumas personales, pero carece de sentido en 2015, cuando el slasher ya lleva deconstruido veinte años. Y para no ser experta, no se calla la boca en las más de 400 páginas que dura la novela. Todo lo sabe, de todo tiene que opinar, es insufrible esto. Además, esto se une a una manera muy particular de narrar en la que en casi todos los párrafos se introducen ¿preguntas retóricas para terminar frases? Perdona, una pregunta, Stephen Graham Jones, ¿TE IMPORTARÍA NO ESCRIBIR COMO EN EL TWITTER? Parece que en cualquier momento Jade va a decir algo del estilo: unpopular opinion, pizza > brócoli.

Jade recoge las cenizas de su dignidad y la sigue ¿hasta la mesa de al lado?

¿Qué inseguridad, sorpresa o confusión hay en esa línea? Pues así en cada página. Hay más signos de interrogación en este libro que en un chat de WhatsApp de colegas para organizar una cena. En fin, creo que sobra decirlo, pero entre este tic estilístico, una focalización constante en un personaje verborreico que solo quiere mostrar sus conocimientos y un tercer acto apresurado y caótico, está claro que mi principal problema con esta novela ha sido la prosa de Graham Jones. 

Pero no ha sido el único, porque diré brevemente que hay algo en la temática de este libro que me sonó mal. Para decirlo sin spoilers, digamos que considero que se utiliza el trauma como efecto dramático y como recurso burdo para sorprender al lector. Me parece muy bien que se hable de este tema, especialmente si se trata de una problemática tan habitual como dice el autor en el posfacio, pero me pareció que está usado con una tosquedad que ralla en el tropo Women in Refrigerators. No quiero hablar mucho de este tema, porque puede que sirva para mostrar un mecanismo de defensa por parte de los personajes, pero no pude sacudirme de esta sensación cuando se desveló el pastel. Así que, por si acaso alguien por ahí quiere cancelar a este buen señor (es broma esto, parece majo), yo digo: se me antojó PROBLEMÁTICO.

Poco más queda por decir, la verdad. Me da pena que no me gustase porque venía bien recomendada, fue Premio Bram Stoker en 2021 y creo que Carfax hace un gran trabajo editorial, pero en este caso no ha funcionado. Pero no pasa nada, seguiremos intentándolo, yo sé que ahí fuera tiene que haber alguien que escriba terror como yo quiero (alguien más aparte de Stephen King en sus días buenos, quiero decir).

Nota a la edición (esto lo voy a empezar a incluir ahora en las reseñas, que pa' algo una ha estudiado): me parece muy interesante, y cuerda sobre todo, la decisión de no poner slasher en cursiva. Palabra extranjera, sí, pero ya que sale unas cuatro veces por página, visualmente habría quedado terrible. Y muy bien también contar al final con una lista de las películas mencionadas. Estaremos usándola para elegir visionados. Respecto a estética, como siempre, una tapa blanda con solapas muy suave, y sin nada negativo que reseñar, como tampoco en traducción ni corrección. Carfax bien, sobre todo para ser de las verdaderamente independientes.

martes, 29 de octubre de 2024

Un verdor terrible - Benjamín Labatut

De un día para otro, todo el mundo estaba hablando de Benjamín Labatut. Labatut esto, Labatut lo otro, Labatut lo de más allá, ¡y ni siquiera en el contexto hispánico! ¡A los estadounidenses les tiene locos! ¡No pueden parar de recomendarlo! Este libro, publicado en inglés como When We Cease to Understand the World, viene recomendadísimo entre la gente que le sabe a esto de la narrativa contemporánea. Y me picó la curiosidad, claro, aunque no soy yo muy fan de contemporaneidades tan contemporáneas ni autores tan jóvenes (a ver, que va camino de los 50, pero en la foto que sale en el libro parece un jovenzuelo que te va a gritar YES, CHEF).

Un verdor terrible es un libro de relatos formado por cinco historias que juegan con la ambigüedad entre la realidad y la ficción y que comparten el factor común de hablar sobre la ciencia y las personalidades científicas del siglo XX, y todo lo que ellas trajeron consigo. Así, el primer relato explora la historia del cianuro de la mano de su creador, o el último y más largo habla de los inicios de la física cuántica y de las opuestas aproximaciones a esta de Schrödinger y Heisenberg.

La primera cosa que llama la atención al iniciar la lectura es ese pequeño enigma sobre qué será realidad y qué será ficción en los textos. Todos asentados en la más pura Historia, a cualquier lector le sonarán algunos nombres, algunas referencias, y sin embargo también se evidencia una ficcionalización, ese deje de casualidad que hay en la narrativa, personajes que son personajes y no personas, pistas aquí y allá que evidencian que aquí hay tanto relato como puede haber dato. En la edición española hay un texto al final en el que Labatut menciona esto brevemente y da la respuesta, yo no os lo desvelo porque creo que parte del encanto de la obra es ese juego, la duda constante a la que expone al lector. 

Todo lo que se asienta en la realidad es, evidentemente, muy interesante. Son historias cautivadoras y muy seductoras, en las que Labatut cede el espacio a lo que es narración para solo explicar puntualmente los aspectos más científicos del asunto. Hay textos más técnicos que otros, por ejemplo, el primero es mucho más lírico que cualquier otra cosa y digamos que se "entiende" a la perfección sin tener idea de química, pero hay otros, como el segundo, en el que hay bastantes segmentos que se dedican a la teoría. Estos segmentos no arrojan, para un lector no versado en la materia, la suficiente luz como para que de pronto se entienda a ciencia cierta el principio de incertidumbre, por ejemplo, pero sí dan las bases para que se entienda la importancia del asunto, lo increíblemente descomunal de la magnitud del tema. Así, los cuentos se organizan en torno a un descubrimiento formidable, el autor te hace entender lo grandioso del descubrimiento y a la vez desvela poco a poco toda una trama. 

Haber le confiesa que siente una culpa insoportable, pero no por el rol que jugó en la muerte de tantos seres humanos, directa o indirectamente, sino porque su método para extraer nitrógeno del aire había alterado de tal forma el equilibrio natural del planeta que él temía que el futuro de este mundo no pertenecería al ser humano sino a las plantas, ya que bastaría que la población mundial disminuyera a un nivel premoderno durante tan solo un par de décadas para que ellas fueran libres de crecer sin freno, aprovechando el exceso de nutrientes que la humanidad les había legado para esparcirse sobre la faz de la tierra hasta cubrirla por completo, ahogando todas las formas de vida bajo un verdor terrible.

Pero lo que más me ha gustado es el estilo del autor, que es extremadamente elegante, con una sobriedad muy clásica. Realmente no conozco la exactitud de las descripciones matemáticas y físicas de Labatut, puede que sean todo falsedades, pero me da igual. Porque a fin de cuentas, esto no se publica como un ensayo, sino como ficción, y en ese sentido lo leo yo. Con la sensación de haber entendido algo más que ayer de una serie de movidas científicas que mañana habré olvidado pero sobre todo con la sensación de estar leyendo a un autor minucioso, un excelente contador de historias que domina el lenguaje a la perfección y, a la vez, comprende la literatura como un juego. Entrelaza la belleza, la ciencia y el horror de una manera formidable, y una lee como hechizada, con el corazón encogido por estos científicos atormentados por sus descubrimientos. Decir que como pieza completa el mejor texto me parece el primero, aunque creo que el resto conservan la mayoría de las características que lo convierten en un gran cuento, pero ya sabéis: en literatura, a veces algo funciona y ya está.

El último texto se sale un poco de la norma de los otros cuatro; es el que suena más a relato y menos a "episodio de podcast genialmente narrado" (que Labatut me perdone, esto parece despectivo, pero intentad leedlo como un piropo) y, en primera persona, parece una reflexión sobre las razones que pudieron llevar al autor a crear Un verdor terrible. Es un texto muy hermoso, como el resto del libro, pero quería mencionar concretamente su primera página, un fragmento terrorífico, desconcertante y, sobre todo, de un profundísimo lirismo. En este último cuento se me hizo evidente una conexión, no sé si consciente, de la temática y tono del libro con las películas del director japonés Kiyoshi Kurosawa. Tengo la impresión de que a lo largo de todo el volumen Labatut está hablando, como habla Kurosawa, del fin del mundo. A fin de cuentas, qué es un mundo incomprendido sino un mundo que no podemos abarcar, que no nos pertenece y a cuya merced estamos. El mundo, Dios, ambos, jugando a los dados con el ser humano. Y a fin de cuentas, un mundo que termina, de mil maneras posibles, por culpa de, o gracias a, la ciencia. 

En fin, poco más que decir más allá de lo mucho que he disfrutado de esto. Me apunto MANIAC para navidades, que además repite temática y motivos de Un verdor terrible y tiene una portada guapísima. 

PD: Hoy, en Los pasos perdidos, ¡palabras destacadas en negrita! ¡Así te manipulo para que no tengas que leer el texto completo!

lunes, 21 de octubre de 2024

Vi - Kim Thuy

Estaba de vacaciones, me terminé el libro que estaba leyendo y se me PROHIBIÓ que sacase el otro de la maleta (¡que pesaba mucho en la mochila, se me dijo!). Así que abrí ese increíble regalo de los dioses, difícil de creer, que es eBiblio (si no existiera, habría que inventarlo), y me autopresté este libro porque creo que Periférica es una gran editorial. El libro no me ha cautivado, pero sigo pensándolo, gran proyecto.

Vi. Una mujer minúscula cuenta la historia de una niña que huye, con su familia, del Saigón de la posguerra, del régimen comunista. Pero es en realidad la historia de toda su familia, desde un par de generaciones atrás hasta que ella es una mujer adulta. Así, se traza un recorrido por la historia reciente de Vietnam y por la vida y pensamientos de una persona migrante.

La verdad es que no hay mucho más que decir que lo que digo en el párrafo anterior. Vi es una novela muy sencilla, tanto en fondo como en forma. Se compone de viñetas muy breves, titulada cada una con una palabra vietnamita (o el nombre de un lugar) y su correspondiente traducción, en este caso al español, en las que aparecen secuencias breves pero, digamos, significativas sobre los distintos personajes. Mi padre... arranca, y te cuenta la historia de un hombre tan bello que volvía locas a todas las mujeres y que vivió entre algodones durante toda su vida. Mi madre... dice, y habla de una chica brillante, pero fea, que se enamoró de aquel hombre. Y así sucesivamente. Estas viñetas de una o dos páginas (calculo: lo leí en digital, pero eran muy, muy breves) conforman todo el tapiz de la vida de Vi, sin hacer demasiado hincapié en la realidad sociopolítica, ni pararse en describir nada ajeno a los personajes, aunque sí se van mostrando pinceladas de esto aquí y allá. Se le da a cada personaje una historia, con principio y final, y luego se pasa a otra cosa, a veces para no volver a mencionar nunca a este personaje.

Esto, sumado a un estilo también muy sencillo, despojado de cualquier atisbo de suntuosidad, le da un toque algo aséptico, rígido a la novela. Este estilo minimalista a mí personalmente no me interesa demasiado (aunque evita el lirismo ese que les gusta tanto a los minimalistas francófonos, que debo decir que me parece de una cursilería tremenda), pero he de reconocer que aquí funciona al menos por la parte que tiene de presentación del árbol genealógico familiar. A medida que van pasando las páginas, y se hace evidente que la narradora no es una niña, sino una mujer adulta, sí me resultó algo más extraño, pero la autora escribe en francés, que ni es su lengua materna ni la aprendió hasta la universidad (por lo que leo en internet, su vida es básicamente la de Vi). Esto por supuesto explica esta sencillez en la expresión, no porque no sepa francés, sino porque, intuyo, sea deliberada, para mostrar la no pertenencia. Es de hecho la parte más importante de la novela, la muestra del desarraigo que supone ser una persona migrante y, aunque se toque de manera algo más breve, el trance que supone la propia migración para los migrantes.

Llegamos a la ciudad de Quebec durante una ola de calor que parecía haber desvestido a la población entera. Los hombres, sentados en los balcones de nuestra residencia, tenían todos el torso desnudo y la barriga bien visible, como los Putai, budas risueños que, si frotan sus redondeces, les prometen a los comerciantes el éxito económico y a los demás la alegría. Muchos hombres vietnamitas soñaban con poseer aquel símbolo de riqueza, pero pocos lo conseguían.

En la prosa y también en la parte final de la novela se intuyen similitudes con el estilo de Marguerite Duras, que hace mucho que no leo pero que diría que tiene bastante permanencia en mi cerebro: también aséptica, sencilla en apariencia, aunque mucho más brutal. Thuy es muy suave, muy dulce, aunque se hable de temas desagradables nunca se aparta de un estilo algodonoso y sin aspavientos ni palabras duras. Mi problema principal es que, a nivel formal, no creo que esta sencillez esconda mucho más. Hay algún pasaje más bello, creo que la autora demuestra sensibilidad en su visión, pero me resultó una lectura monótona, estilísticamente hablando, y la estructura tampoco me resultó especialmente cautivadora. Ya os digo que el minimalismo, o el despojo de ornato, más bien, no suele ser santo de mi devoción, me gustan el maximalismo y la minuciosidad expresiva, que aquí brillan por su ausencia (y es normal, se trata de una novela muy breve, no llega a las 150 páginas). 

Sí me parece que como testimonio la novela es muy valiosa, y que su lectura aporta, y en ese sentido habrá quien la catalogue de lectura necesaria, pero quisiera separarme de esos términos. A fin de cuentas, para aprender también se puede acudir a un libro de no ficción o a un documental, y a mí me gusta buscar en la literatura algo que estilísticamente sea más llamativo y que aquí no he encontrado. No sé qué es ficción y qué realidad en la novela y tampoco voy a darle demasiadas vueltas pero si me preguntaran, diría: una historia triste pero bonita, contada con sensibilidad y dulzura por una narradora cuya óptica no me interesa del todo. Así que bueno, ahí está, ni bien ni mal, un muy sólido cinco sobre diez, diría.

martes, 15 de octubre de 2024

Pastoral americana - Philip Roth

Vuelvo de mis vacaciones y ahora tengo ¡¡reseñas acumuladas!! Esto se siente 2011, cuando me pensaba que mi blog de literatura juvenil era básicamente un trabajo remunerado (no lo era). En fin, iré poco a poco, siempre está bien tener algo en la recámara, sobre todo cuando te has metido a una lectura conjunta de La montaña mágica para el próximo mes y medio. Pero yendo por partes, hoy: Pastoral americana.

Se cuenta la historia del Sueco Levov, atleta del instituto, en todos los deportes, casado con una reina de la belleza, cabeza de la familia perfecta, de cómo de pronto ese sueño americano se trunca y de lo que queda después y de cómo pudo llegar a ocurrir. Toda esta historia se enmarca en realidad dentro de algo escrito por Zuckermann, un escritor entrado en años y excompañero de clase del hermano menor del Sueco, quien queda un día con él para (piensa el autor) pedirle que escriba sus memorias.

La ficción es la ficción y es, por tanto, ficción. Y sin embargo, al leer una novela, solemos entrar dentro de un pacto en el que aquello que nos cuentan es verdadero. Hay maneras de sugerir al lector que no debe de fiarse, dentro del pacto, de lo que está leyendo, como el clásico que nunca pasa de moda narrador no fiable, o el narrador testigo que solo tiene acceso a una parte de los hechos; pero me interesa especialmente de esta novela este marco que se crea, a modo de manuscrito encontrado, en el que es Zuckermann quien nos cuenta una historia que realmente no conoce y que, por tanto, ha de estar ficcionando. Pastoral americana es básicamente el auge y caída del sueño americano, sin ir más lejos, y como tal puede resultar interesante o no, pero lo cierto es que este marco a mí me cautivó, sobre todo porque estamos hablando de ciento cincuenta páginas de reflexión sobre el pasado, sobre los ídolos de la infancia, sobre el recuerdo y la nostalgia, que sirven de base para que Zuckermann inicie su conjetura. Así, el Sueco se configura como esa figura heroica de la infancia de la que de pronto te enteras súbitamente que ha fallecido o que le ha pasado tal o cual cosa y a la que él, con su ficción, reviste de una nueva dignidad, la dignidad del mito, del héroe literario. Reviste de personalidad.

O tal vez era, sencillamente, un hombre feliz. También hay personas felices. ¿Por qué no habrían de existir? 

Tras esas ciento cincuenta páginas iniciales (que ya os digo, para muchos sobrarán, a mi gusto le da un interés profundísimo) Zuckermann desaparece completamente de escena y arranca la historia del Sueco, focalizada dentro del personaje de este. In medias res, tras el acontecimiento brutal que trastoca su vida, pero sin inconveniente alguno en mecerse atrás y delante en la línea temporal, para volver a la infancia de la hija, el lugar feliz, una y otra vez, tratando de encontrar aquel momento al que se puede achacar todo lo que vino después. Es, sin quererlo, una historia de detectives, en la que la persona más buena del universo conocido intenta buscar un culpable (en él, en sus actos, en otros) para aquello que le ha sucedido. A nivel temático, es toda esta reflexión sobre el pasado, su forma de afectar al presente, la noción de castigo y recompensa, la que más me ha interesado a mí. Pero también la insistencia (habitual en Roth) sobre la cuestión del emigrante de segunda o tercera generación, afectado siempre sobre la cuestión judía, y las ideas de quiénes somos, dónde pertenecemos, cuando nuestra historia ha sido borrada porque ya no pertenecemos, como nuestros antepasados, a ese viejo mundo. Lo cierto es que a nivel temático el libro me parece formidable.

En ese sentido, entiendo el Pulitzer, entiendo las clamores de Gran Novela Americana (¡aunque yo creo que si la GNA no es Moby Dick, entonces es La hoguera pública!). Todo el arco de la familia del Sueco es tan "de lo que han estado hablando los estadounidenses listos todo el siglo XX" que resulta inevitable verlo como una ambiciosa compilación de todos los miedos y preocupaciones de un país. Compilación que funciona, vaya que sí. Y sin embargo. Siendo Roth como es un gran narrador (que no un estilista, aunque hay pasajes de gran belleza), es un goce leerle, especialmente cuando salta de escena a escena y se sigue tan bien, fluye como agua. Pero a veces se siente un poco el abuelo cebolleta. Ya que he mencionado Moby Dick, se podría comparar. Yo sé que hay muchas personas humanas ahí fuera que consideran que Moby Dick es un tostón por los interminables tratados cetológicos (estas personas están equivocadas y me encargaré personalmente de acabar con ellas cuando lleguen las guerras del agua). ¡Amigos, pues si leéis Pastoral americana, podréis hacer un examen sobre el arte de la curtiduría y la... ehh... guantería! Estamos hablando de páginas y páginas y páginas sobre hacer guantes de cuero para señora, que se dice pronto, pero hay que estar CURTIDO (¿lo pilláis?). A mí me parece bien. Si Roth aprendió todo lo que había que saber sobre guantes, entiendo que quiera compartir esos saberes, aunque no sean (o por no serlo) especialmente interesantes. Hay que valorar un poco más que te aburran. Hay que valorar un poco más a tu colega el que te lleva hablando de Dragones y mazmorras tres horas con los ojos brillantes. Aunque sea un turras.

Ojalá, en vez de vivir caóticamente en el mundo donde ella no estaba y en el mundo donde podría estar ahora, fuese capaz de odiarla lo suficiente como para que el mundo de la muchacha no le importara lo más mínimo, ni entonces ni ahora. Ojalá pudiera volver a pensar como los demás, ser de nuevo el hombre totalmente natural en vez de un charlatán escindido en su sinceridad, un Sueco exterior natural y sencillo y un Sueco interior atormentado, un Sueco estable visible y un Sueco acosado y oculto, un falso Sueco despreocupado y sonriente amortajando al Sueco enterrado en vida.

Dicho esto, es decir, que yo apruebo y siempre aprobaré a los turras, sí entiendo que a veces, la insistencia hace caer en la redundancia. Por eso a veces, especialmente hacia el final, sí sentimos algunas de las miles de reflexiones a las que Roth nos somete como ya vistas, o como ya sentidas. Y en ese sentido, para mí ese final, que quiere ser una suerte de escena de teatro de opereta en el que todo llegue al clímax, no funciona. En mi lectura es lo peor de la novela, se me cae, parece la escena final de una serie en la que sabes que, como todos los personajes están juntos, va a ocurrir algo grandioso o, simplemente, se va a cerrar todo. Curioso cómo el resto de escenas sí encajan a la perfección, se van sucediendo entrelazadas, incluso las más rocambolescas (los encuentros con Rita, especialmente el del hotel, o incluso toda la parte de la jainita), y el lector las devora sin titubear, lo CREE, y de pronto ese final... Una lástima, pero resulta tan de mentirijilla. 

En fin. Gran estudio este sobre la imposibilidad de vivir en el sueño americano, que crece por tratarse de una ficción construida por el personaje de las primeras páginas. Todo esto podría haber pasado, o no. Quién sabe (¡formidable esto!). Tal vez demasiado larga para algunos, en ese caso recomiendo al Roth de las dosis pequeñas, mi favorito es Némesis, su última novela, un gran libro sobre la culpa que lleva en mi cerebro como doce años. Pero para mí, su densidad se justifica en tanto que tiene ese gusto de los clásicos en los que hay una gran pasión por lo contado y una excelente narración. Adelante os digo, no defrauda.

PD: Decía Harold Bloom (RIP) en 2003 que Philip Roth (RIP), junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Cormac McCarthy (RIP), eran "los cuatro escritores norteamericanos vivos más importantes que todavía producían". ¡Que se nos mueren todos sin Nobel!

martes, 1 de octubre de 2024

Henry y Cato - Iris Murdoch

Por si acaso queda alguien que aún no conozca a la increíble, apasionante, genial y perversa Iris Murdoch, aquí traigo un texto sobre la última de sus novelas que he leído, Henry y Cato, que es, además, la última de las que tengo en mi haber, por lo que me enfrento a un tiempo X de secano después de haber leído ¡cuatro! libros suyos este año. Los cuatro increíbles.

Aquí tenemos dos personajes principales. Henry vuelve tras años de los Estados Unidos porque su hermano, a quien odiaba, ha muerto, dejándole su inmensa fortuna. Cato, sacerdote y por su ello renegado de su padre, está teniendo una crisis de fe a raíz de haberse enamorado de un muchacho del barrio de mala muerte en el que trabaja ("en el que hace sus cosas de sacerdote", iba a decir). Cuando la novela comienza hace mucho que no se ven y sin embargo sus caminos, a raíz de la vuelta de Henry, se verá entrelazados de una u otra manera. El elenco, por supuesto, no termina aquí (poco Murdoch sería con solo dos personajes), y tenemos padres, hermanas, amigos y amantes para hacerles compañía.

Siempre me gusta describir las tramas de las novelas de Murdoch porque más allá del breve "persona inglesa de clase media se enfrenta a un episodio que cambiará su vida para siempre", que podría describir a todas, hay una serie de aspectos comunes que además, contados por encima, suenan absolutamente delirantes. Henry y Cato no se queda atrás. Aquí están esos personajes patéticos y exaltados marca de la casa, uno siempre pensando en escribir un libro que acabe con todos los libros; las relaciones que se mueven entre la amistad, el amor y el sexo de manera ambigua; la fe y el socialismo (y cómo estos afectan a las personas) como temas principales; una serie enrevesada de eventos que se vuelven cada vez más rocambolescos y, en este caso, cada vez más sórdidos. Efectivamente, estamos hablando de un Certified Murdoch. Y por ende, al menos en este blog, estamos hablando de un libro formidable. 

Sorprende de este libro lo sórdido que se torna en su segunda parte (para que os hagáis una idea, Joyce Carol "Sórdida" Oates lo considera el mejor libro de la autora), de una manera poco habitual en los Murdoch que he leído. En estas novelas, los personajes siempre se encuentran en un punto en el que su vida parece haber terminado, o estar en un punto en el que no hay avance posible, y se han de enfrentar a lo que siempre se denomina una ordalía: básicamente, un evento trascendental, que cambiará todo para siempre, y que rompe la estructura social, personal, familiar o lo que sea tal y como se conoce. Así, en este caso tenemos el enamoramiento de Cato (y la crisis de fe que con él viene) y el deseo de Henry por romper con todas sus propiedades como respectivas ordalías de cada personaje. De una manera muy clásica, los personajes pasan por un proceso de reconocimiento, por una suerte de peripecias trágicas (ya os digo que se nota especialmente en este) para llegar a la catarsis, compartida por personajes y lector.

Ahora solo queda el pecado y la pena, y ningún salvador. Jesús no era Hijo de Dios, sino una simple víctima. Solo un buen hombre ingenioso con una ilusión, y así mi vida ha llegado a ser diminuta y mezquina e incompleta y he de empezarla de nuevo sin placer y sin magia. Este es el final de mi historia, y lo que venga a continuación se mostrará ante mí apagado y apacible. Y soy afortunado de que así sea y de no estar destrozado y de que ni siquiera vaya a ser nunca un miserable.

(Vaya drama, ¿eh?) Que Murdoch enfrente a sus personajes a semejantes ordalías, que los rompa y desgarre a su gusto, con esa perfidia y esa maldad que le caracterizan, le sirve aquí para trazar un estudio muy interesante del carácter humano. Por supuesto, su estilo está marcado por una focalización absoluta de los personajes, que reflexionan de manera constante, no dejando casi lugar al lector para que este haga reflexiones propias: casi que te bebes los pensamientos de cada personaje y los haces tuyos, por mucho que alguno de ellos sea un poco repugnante y sus acciones absolutamente estúpidas. Me ha parecido especialmente interesante la historia de Cato, este sacerdote que encontró a Dios hace poco pero ahora se ve en la tesitura de rezar al vacío. Sus pasajes resultan muy emotivos y sobrecogedores, sobre todo en contraposición al frenesí de Henry, cuya ordalía es mucho más carnal, es más la rebelión de un desclasado que encarna el conflicto de Inglaterra y Estados Unidos.

Todo esto viene regado por la magnífica manera en que la autora escribe siempre sus libros. La primera vez resulta desconcertante y, sin embargo, pronto te das cuenta de que posee un estilo hipnótico del que es difícil escapar. No catalogaría jamás un libro de Murdoch de ligero pero tienen esa cierta cualidad bestseller en la que no puedes apartar los ojos de las páginas. La prosa es clara en todo momento, la descripción es tan meticulosa como en la novela del XIX, cada diálogo sirve para que se filosofe y reflexione durante páginas y cada escena, si ella lo considera así necesario, durará hasta la muerte. Murdoch llena todo tu cerebro y reclama toda tu atención para contarte una historia llena de enredos, traiciones, malas interpretaciones, debates y sorpresas. Y en esta historia alucinada y alucinante, que siempre tiene ecos de otras y sin embargo nunca se repite (¡la de cosas que le pueden pasar a un londinense, tú!), siempre hay un espacio para el humor más divertido que se pueda imaginar. Hay conversaciones en las novelas de Murdoch para enmarcar, de verdad, y en esta la historia va por unos cauces especialmente irreverentes.

En fin, una grande, qué puedo decir. A esta señora tan formidable (cuyas dos mejores novelas, en mi opinión y la de muchos, son El mar, el mar y El libro y la hermandad) la tenéis en ediciones bonitas en Impedimenta y en ediciones horrorosas en Lumen (por favor, qué son esas cabezas, están tontos los editores o qué). Por cierto, la traducción de este es de 1981 y no suena en absoluto vieja, así que felicitaciones a quien corresponda (aunque viene cargadito de erratas, no se puede tener todo, supongo). Yo os recomiendo que vayáis a la librería más cercana a pedir un Murdoch porque es la escritora más inteligente, graciosa y malvada que podéis leer.

viernes, 20 de septiembre de 2024

Taipéi - Tao Lin

Estamos en 2024 y ya nadie se acuerda de Tao Lin, pero fue toda una micro niche celebrity durante el par de años de los dosmildieces en los que parecía que iba a salvar la literatura. Por supuesto miles de escritores se subieron al caballo del no-estilo, que es fácil impostar cuando no tienes ni media onza de talento en tu cuerpo, escribes poesía sobre drogas a golpe de salto de párrafo y quieres encajar dentro de la nueva y flamantemente hipster categoría de alt-lit. Leo un montón de nombres en internet y no me suena nadie (bueno, Luna Miguel, pero claro, a quién no, diosmío). No sé si la alt-lit estará muerta pero ya parece que dio sus últimos coletazos como movimiento. Oh, no, ¿qué publicará ahora Alpha Decay?

Bueno, dejemos aparte el cinismo. No me ha gustado Taipéi. Lo tenía en casa y como estoy leyendo todo pues le llegó su turno, solo porque era lo suficientemente corto y lo suficientemente largo para durar cuatro días. Cuenta la historia de Paul, 26, escritor (de éxito) afincado en Nueva York donde se dedica a consumir cantidades ingentes de drogas tipo Adderall, ir a eventos para encontrar parejas potenciales, amigos temporales, etc, y a "trabajar en sus cosas" en su MacBook.  La trama tampoco da mucho de sí, es cierto que yo no conecto o no suelo conectar con las narrativas de drogadicción, sobre todo cuando lo que se describe es un uso recreativo (o sea, hay un claro problema de abuso de sustancias, pero la forma en la que se narra... beh, me da igual), pero la primera mitad de la novela cuesta mucho distinguirla, salvando las distancias, de algo tipo Sexo en Nueva York. Hacia la segunda mitad la cosa cambia, aumentan las interacciones sociales y ya se convierte, definitivamente, en algo lleno de diálogos inconexos y episodios absurdos fruto de la droga. Entretenido, por supuesto, pero nada más.

Parece evidente también que hay mucho de Tao Lin en Paul, aunque yo no sé gran cosa del escritor, pero por la descripción del personaje, su patetismo profundo, la condescendencia con la que el narrador lo trata, diría que es una suerte de texto testimonial, de manifiesto de una vida en la que la intelectualidad tendría que dar una pátina de ¿interés, limpieza, profundad? a lo narrado. Pero ya os digo que yo conecto 0. Conozco por lo menos a cinco personas en la vida real que son exactamente igual que Paul, y cuatro ya están cancelados. Supongo que uno de los grandes triunfos de la alt-lit fue dar voz a una generación de jóvenes hastiados, plenos de ennui, que se vieron muy representados en esta estética plagada de referencias a drogas, marcas, tiendas de comida y restaurantes, pero también palabras de internet (zip, gif, blog). Yo soy joven y estoy hastiada pero como nunca lo he estado de esa manera y no soy una intelectual pues ni conecto, ni me representa, ni me ha hecho reflexionar... No sé. Siento que a lo mejor de haber leído la novela con veintidós años a lo mejor habría simpatizado más con lo perdidos que están los personajes; ahora con casi treinta (nooooooooooo... perdón, es que me tengo que acostumbrar) que ni salgo y ahogo mis penas en correr largas distancias, pues qué queréis que os diga, se me queda muy lejos.

Así que, descartado todo el asunto estético-temático, quedaría el estilo. Iniciaré diciendo que sospecho que la traducción le hace flaco favor al libro, pero que pese a todo en ella me debo basar porque es lo que he leído. Aquí abundan las frases largas, los incisos y las subordinadas constantes, los virajes constantes de escenario, momento, sin previo aviso, y las reflexiones insertas en los párrafos. La característica más llamativa es que la mitad de las cosas que dicen los personajes Lin las coloca entre comillas (latinas en español) dentro de párrafo, a modo de estilo indirecto, pero solo palabras o sintagmas sueltos. Sueno lunática, ok, os dejo un fragmento:

Erin se echó a reír y dijo que a ella se le había ocurrido «ventana emergente» porque «había salido por la puerta», y se abrazaron y se pusieron a saltar repetidamente como si de un único cuerpo se trataran, dando algunos giros y diciendo «lo hicimos» de vez en cuando. De repente Paul echó a correr hacia el aparcamiento formando un arco muy abierto que, por acción de la fuerza centrípeta, terminó describiendo una curva en dirección al coche de alquiler y acelerando a una velocidad que en esos momentos de su vida resultaba inusitadamente elevada pero quedaba lejos de la máxima, antes de ir aminorando la marcha al aproximarse a la puerta del copiloto –y, sabedor de que no iba a colisionar con el coche, brevemente consciente del control que podía ejercer sobre su cuerpo– hasta detenerse.

(Por cierto, en este párrafo había una errata, que como siempre en las ediciones de Alpha Decay, abundan). He elegido un párrafo aleatorio con casi todos los elementos que menciono antes, pero me parece representativo de por qué no me gusta el estilo. Para empezar, los fragmentos entrecomillados: al elegir solo palabras o segmentos de lo que se dice, es inevitable leerlo como si el narrador estuviera poniendo los ojos en blanco, como si le pareciera una chorrada. Después, la prosa en general resulta fácil de leer, no son oraciones complejas ni mucho menos, pero dios mío, toda esa recua de reflexiones, todas orbitando en torno a la tecnología, la vida moderna, pero sin decir nada demasiado denso ni demasiado comprometedor, y por supuesto sin un tono ni elegante, ni elevado, ni nada. Lo que pretende ser muy rompedor y "de una visión implacable" como dice la contra no es más que la muy neta y desapegada descripción de una miríada de reflexiones, en su mayoría generadas por el consumo de drogas, por lo tanto inconexas, incongruentes, aunque haya imágenes potentes e interesantes. Se habla mucho del "no estilo" que menciono más arriba, que es una decisión estilística como cualquier otra, aséptica, que creo que Tao Lin hace bien, pero que yo como lectora no disfruto. Es obvio que es en opinión de muchos "la mejor manera de reflejar el confuso y horripilante siglo XXI" y por eso lo pegó tanto, pero ¡no estoy de acuerdo! ¿Habéis leído Patos, Newburyport? ¡Siempre hay una manera más ostentosa o fragmentaria o grandilocuente o extravagante de reflejar el confuso y horripilante siglo XXI!

No creo que todo sea malo porque a fin de cuentas terminé de leer la novela: he decidido asentarme en un "no me gustó nada" después de, durante las primeras treinta-cincuenta páginas, pensar "dios mío, odio esto". Es cierto que cuando te haces al estilo y a la monotonía, todo adquiere un tono un tanto hipnótico, una cadencia relajante. Tanto la facilidad de lectura como las infinitas secuencias rocambolescas le benefician como lectura rápida, pero yo no creo que haya mucho debajo de esa capa superior. Tengo Richard Yates en casa, que es más corto y más polémico, pero puede que me anime con él en algún momento, por cerrar el momento Tao Lin del todo.

Por cierto, en castellano, Taipéi está descatalogado. ¡Vaya cómo tratan las editoriales españolas a los grandes libros!